Who are you talking to?

Por Carlos Jaime Jiménez

 

Cuando interactuamos con un entorno virtual rara vez nos detenemos a pensar en las particularidades de dicha experiencia, qué es lo que le confiere un carácter tan profundamente inmersivo y cuál es nuestra condición al interactuar con sus límites y posibilidades.  La Red global de comunicaciones, cuya manifestación más popular y perceptible es la Internet, ha ido integrándose de manera progresiva a prácticamente toda la tecnología interactiva, y se entiende como metáfora de muchas cosas, quizás debido a la imposibilidad de condensar su estructura en un diagrama o concepto totalizador. Los esfuerzos por establecer un control sobre el flujo masivo de datos han acompañado la expansión de las redes, pero en los análisis que toman en cuenta a los productores de la información, léase, los usuarios, en lugar de individuos se considera un sistema de variables. Entonces, nos preguntamos, ¿cuál es el lugar de lo humano en los sistemas digitales de comunicación contemporáneos? ¿acaso es pertinente tal cuestionamiento, o necesitamos un nuevo marco categorial?

Quizás un emoji pueda valer por muchas palabras, aun cuando por su condición fática, en principio no debería ser capaz de expresar demasiado. Esas pequeñas representaciones de gestos faciales caricaturizados pueblan las redes sociales y la telefonía móvil, y su presencia en un sms, al pie de un post de Facebook o en un meme de Internet puede dar pie a conjeturas, indicar actitudes, determinar el éxito o el fracaso de una iniciativa. Quizás sea el momento de cuestionarse si las happy faces que acompañan el anuncio de una retrospectiva de Rembrandt en el Rijksmuseum constituyen un paratexto de la muestra, o incluso, si inciden en alguna medida sobre la recepción de las obras.  La suposición no parece tan descabellada si se toma en cuenta que la reacción de David Zwirner ante un estado de Facebook puede tener, en el ámbito del arte contemporáneo, un valor simbólico similar al que otrora poseyese el sello de los Médici.

En el contexto actual, más que polemizar acerca de la supuesta primacía del texto o la imagen, o sobre las contaminaciones entre lowbrow y highbrow culture, parece más urgente la necesidad de formular ciertas preguntas. Pero no sabemos exactamente cuáles, ni a quién dirigirlas. De alguna manera, las interrogantes ya no parecen girar en torno al qué puedo conocer, qué debo hacer y qué me está permitido esperar, pilares de la lógica kantiana cuya validez en otros ámbitos se ha mantenido imbatible. No obstante, la vocación de elaborar y reformular cuestionamientos persiste, aunque a menudo emisor e interlocutor se fundan en uno solo. La presente muestra canaliza dicho impulso, persiguiendo un objetivo más ambicioso de lo que a primera vista podría parecer: suscitar preguntas a la vez que se prescinde de toda afirmación.