Senderos que se bifurcan

Por Carlos Jaime Jiménez

 

Susan Sontag refiere, en la introducción a su primer libro de ensayos, el efecto que sobre ella ejerció la febril explosión de creatividad que estremecía el panorama artístico y cultural occidental durante la década del sesenta del pasado siglo. La sobrecarga de estímulos y opciones interesantes se convirtió, de manera paradójica, en un cuasi-impedimento para quien veía el campo artístico no como una parcela, sino como un rizoma en acelerado proceso de crecimiento. En consecuencia, decidió asumir el riesgo de ir en todas las direcciones a la vez, al notar que, en el fondo, eso era lo que hacían varios de los artistas que más le interesaban e influían.

A la vuelta de medio siglo, y en otro contexto, la obra de José Capaz evidencia una voluntad discursiva similar, asentada en un apetito omnívoro por la cultura visual contemporánea y por la tradición artística occidental. El artista hace coincidir ambos universos, abriendo un diapasón de posibilidades expresivas que le permiten dialogar con múltiples problemáticas, tanto sociales como estéticas. Así, cuando en su obra se conjugan la impronta de una pieza de Rembrandt y un emoji sobredimensionado en toda su obscena superficialidad, toma cuerpo la formulación implícita de una interrogante acerca de cómo los nuevos medios de interacción virtual complican la recepción del arte clásico, a la vez que son confrontados los nuevos paradigmas que rigen el imaginario visual de la sociedad actual. El objetivo último no es difuminar los límites entre lowbrow y highbrow –con lo cual únicamente estaría transitando un camino profusamente hollado desde hace décadas-, más bien se propone inspeccionar la manera en que ha mutado la sensibilidad del sujeto contemporáneo ante la saturación de imágenes e información a la que se encuentra expuesto constantemente.

En este contexto donde la recepción del arte está cada vez menos regulada por una estética normativa, José Capaz –a través de la serie Ictericia- persiste en indagar acerca de la persistencia del “aura” de las obras clásicas, habiendo entrado las mismas en la dinámica de consumo acelerado de la imagen que caracteriza a la sociedad actual. Su objetivo principal es sortear el abismo entre la legitimación por medio de la forma y el imperativo del concepto. La subversión del referente clásico enmascara una apología del oficio pictórico de los grandes maestros, cada vez más difícil de apreciar, sobre todo si su recepción tiene lugar a través de la pantalla de un dispositivo electrónico.

El artista es capaz de transitar varias sendas al mismo tiempo, como resultado de una ambición creativa sumamente abarcadora en cuanto a temas y estilo, manteniendo una coherencia en términos de poética autoral que solo se comprende al examinar cuánto debe su obra a lo fragmentario, a patrones de representación que se confunden y superponen en torno a un motivo recurrente. Tal es el caso de las piezas que conforman la serie Una pintura de género, a través de la cual el creador se vale de la representación de lenguas, entendidas como variaciones concretas de un símbolo de múltiples resonancias y significados. En algunos casos las lenguas invaden la totalidad del lienzo, en otros, contribuyen a dramatizar escenas de tema clásico como marinas, o convulsas recreaciones de batallas, deudoras del imaginario del Romanticismo. Siempre introducen una suerte de extrañamiento, y su presencia, concretada a partir de trazos marcadamente gestuales y empastes gruesos, se halla infundida de un inquietante valor metonímico, como si sus significados asociados bastaran para describir al ser humano arquetípico.

El diálogo que sostiene la obra de José Capaz con el canon artístico occidental y sus mutaciones al sesgo de la cultura visual contemporánea, no obedece únicamente al afán de reformular viejas interrogantes, o de ventilar problemáticas actuales relacionadas con los mecanismos de legitimación del arte. Varias de sus últimas piezas, como Paranoia o Pharmacy Blonde, evidencian un acentuado carácter expresionista, y una atmósfera oscura, cargada de pulsiones psíquicas. No obstante, si le preguntamos al artista, probablemente nos diga que el impulso –en su caso el término me parece más adecuado que “inspiración”- de crearlas surgió de fuentes tan poco predecibles como la observación de un filme western o la contemplación de un retrato del siglo XVIII. El tamiz de su subjetividad se encarga del resto, que es decir, de casi todo. Esta voluntad transformadora no obedece exactamente a lo que Harold Bloom, refiriéndose a la escritura, pero que resulta perfectamente aplicable al contexto artístico, denominó como “angustia de las influencias”. Si, logrando externalizar su inconsciente, José Capaz se encontrase con su Padre simbólico, no pensaría ni por un momento en decapitarlo. Probablemente sostendría una jovial discusión con él, y apenas lo dejaría hablar, comentándole sobre la multitud de proyectos que tiene en mente. Algunos los iniciaría en el transcurso mismo de la conversación.