El arte del no decir o el no decir del arte

Por Carlos Jaime Jiménez

 

Desde hace ya varias décadas, se ha tornado especialmente difícil, incluso improcedente, juzgar la ambigüedad en el arte desde una posición que no contemple dicho rasgo como una cualidad sustantiva de las piezas en sí mismas. La situación puede volverse aún más compleja cuando la ambigüedad se hace acompañar por la ironía. Esta última constituye un recurso de enorme potencialidad retórica, pero entraña ciertos peligros. Al utilizarlo para abordar críticamente una problemática, se corre el riesgo de reproducir su lógica interna, legitimando lo que se pretende socavar.

La presente muestra transita de manera voluntaria por estas arenas movedizas, y es preciso decir que en ocasiones sucumbe a las mismas. Algunas obras se resienten de una saturación de sentidos, y terminan enmudeciendo, otras, dicen mucho menos de lo que pretenden. Es preciso discernir entre simulación e impostación, pues ciertamente hay presencia de ambas. El problema está en determinar qué grado de autoconciencia las acompaña. ¿Acaso la mejor estrategia para cuestionar los aspectos más negativos de las redes sociales consiste en reproducirlos, sobredimensionados, de manera que el espejo deformado al que nos asomamos cada día a través de nuestros dispositivos electrónicos quede desvelado en toda su obscenidad? Es posible, pero la intención debe quedar marcada de alguna manera y las obras deben ser capaces de comunicar más de una cosa, lo ambiguo no tiene por qué ceder lugar a lo fútil. Por momentos, la exposición se debate entre ambas condiciones.

Cabe preguntarse, no obstante, si no es esto lo que verdaderamente necesitamos. Asumir un arte donde lo artístico sea algo contingente, no a causa de una supeditación política, sino simplemente por la lógica de lo real. Aunque resulta paradójico, a medida que nos acercamos a una sociedad cyberpunk, nos alejamos más de Nam June Paik. Y esto es temible, pues ser objetivos nunca debería de ser una excusa para dejar de ser críticos.